17.6.08

Fragmentos XIV

"Federico tuvo que estropearlo.
-Apuesto a que papá vuelve esta noche.
El hechizo quedó roto. Era un pensamiento que todos compartían sin decir nada. Silencio. Federico lamentó sus palabras y empezó a preguntarse por qué no le habían respondido.
Pasos en el soportal. Aunque todos los hombres y mujeres del mundo hubieran pisado aquel soportal, nadie lo habría hecho de aquel modo. Se quedaron mirando a Maria. Ésta contuvo el aliento y se puso a rezar otra oración con premura. Se abrió la puerta y entró. Cerró con cuidado, como si desde niño se hubiera dedicado a la ciencia exacta de cerrar puertas.
-Hola.
Él no era un chicuelo a quien hubieran sorprendido robando canicas ni un perro a quien hubieran castigado por romper un zapato. Era Svevo Bandini, un hombre hecho y derecho que tenía mujer y tres hijos.
-¿Dónde está mamá? -preguntó, mirándola directamente a ella, igual que un borracho que quiere demostrar su capacidad para formular preguntas serias. La vio encogida en el rincón, exactamente donde sabía que estaba, ya que al ver su perfil desde la calle había sufrido un sobresalto.
-Pues ahí.
Te odio, se dijo ella. Quiero sacarte los ojos con estos dedos y dejarte ciego para siempre. Eres un animal, me has hecho daño y no descansaré hasta que te lo devuelva.
Papá con zapatos nuevos. Crujían a cada paso que daban como si contuvieran ratoncitos muy pequeños. Cruzó la estancia, camino del cuarto de baño. Ruido extraño: papá en casa otra vez.
Ojalá te mueras. No volverás a tocarme. Te odio, ¡Dios mío, que mi propio marido me haya hecho esto!, te odio.
Al volver se quedó en el centro de la estancia, de espaldas a su mujer. Sacó el dinero del bolsillo. Y dijo a sus hijos:
-Podríamos ir al centro antes de que cerraran las tiendas, vosotros, yo y mamá, todos juntos, a comprar regalos para todos.
-¡Yo quiero una bicicleta! -exclamó Federico.
-Claro, tendrás una bicicleta.
Arturo no sabía lo que quería, ni August tampoco. El mal que había hecho le retorcía las entrañas a Bandini, pero sonreía y dijo que ya encontrarían algo para todos. Un buen árbol de Navidad. El mayor de todos.
Lo imagino con la otra en brazos, la huelo en su ropa, le ha llenado la cara de besos y el pecho de caricias. Me da asco y quiero hacerle daño hasta que se muera.
-¿Y qué le compramos a mamá?
Se volvió para darle la cara, con la mirada puesta en el dinero mientras desenrollaba los billetes.
-¡Cuánto dinero! Será mejor dárselo a mamá, ¿no? Lo ha ganado todo papá jugando a las cartas. Papá es un jugador estupendo.
Alzó los ojos y la miró, la vio con las manos sujetas a los brazos de la mecedora, como dispuesta a saltar sobre él, y se dio cuenta de que la temía, y sonrió, no de alegría, sino de miedo, porque el mal que había hecho le restaba valor. Agitó los billetes como un abanico: había de cinco y de diez, incluso uno de cien, y a semejanza de un condenado que se dirige al lugar del castigo, mantuvo la sonrisita tonta mientras se acercaba y alargaba los billetes, esforzándose por pensar en la antiguas palabras, las suyas, las de él y ella, su lenguaje común. Maria se aferró horrorrizada a la mecedora, luchando por no apartarse de un salto de la sierpe culpable que configuraban los rasgos nauseabundos de la cara del marido. Se acercó él un poco más y quedó a escasos centímetros del pelo de la mujer; ridículo a más no poder con aquellas muestras de desagravio, hasta que Maria ya no pudo resistirlo, ya no pudo contenerse, y con una brusquedad que también la sorprendió a ella, se abalanzó sobre los ojos de su marido con los diez largos dedos por delante y se puso a darle arañazos, fuerza silbante de aquellos diez dedos largos que dibujaron franjas de sangre en la cara del marido, que gritó y dio un paso atrás, en la pechera de la camisa, y en el cuello de carne y en el cuello de prenda, que recogieron las gotas veloces de color rojizo. ¡Pero sus ojos, Dios mío, mis ojos, mis ojos! Y retrocedió y se los tapó con las manos, pegado a la pared, con la cara contraída de dolor, temeroso de apartar las manos, temeroso de haberse quedado ciego."

Espera a la primavera, Bandini de John Fante

3 comentarios:

Marco Marlon dijo...

Habitaré tibiamente tus entrañas para salirme y volverme minúsculo, incompleto, ínfimo. Llenaré de silencio los mares, cruzaré de lado a lado la tierra. Volveré mi vista una y otra vez, para descifrarte y encontrar el canal que me devuelva. Lloraré mis dudas. Me haré más en vientres extraños, para ver el ciclo y elucidarlo. Abdicaré. La tierra me hará suyo, y me abandonará en lagrimas y sudor el agua. El viento me llevará consigo a dispersarme en otros ciclos. El fuego flameará mi olvido

Yeli dijo...

Pasé a saludar
Un abrazo
Yeli

Alive dijo...

Un saludo